La pasión de Pasolini
 
por Osvaldo Cano
 
Carlos Celdrán no se entretiene con las ramas, por el contrario va al
tuétano, a la médula de los problemas. A quien quiera comprobarlo lo
invito a asistir a la sala del 9no. piso del Teatro Nacional. Allí, el
líder de Argos Teatro nos enfrenta a una obra cruda, intensa y
brillantemente escrita. Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini , tanto el
texto como el espectáculo, se cuenta entre lo mejor que haya subido a
nuestras tablas en mucho tiempo.
 
La pieza relata la historia del afamado director cinematográfico,
novelista y poeta Pier Paolo Pasolini. Con ella Celdrán descubre, para
el espectador cubano, a un autor de la talla de Michel Azama, un
dramaturgo que —al igual que Koltés— se complace en hacer caer las
máscaras y mostrar la verdad tal cual. Pasolini, un brillante
intelectual cuyos aportes a la espiritualidad humana son notables y
enjundiosos, y que, no obstante, fue víctima de la incomprensión y la
intolerancia. Esa es la clave de la pieza. Azama, con Vida y muerte...
se detiene a recordarnos cuántos atropellos se cometen en nombre de la
justicia, la moral y el orden.
 
La pesquisa, el asesinato, los procesos judiciales, las intimidades de
Pasolini, sus éxitos y decepciones, vertebran la obra. El carácter
biográfico de la pieza, lejos de resentirla, la dotan de un aire de
autenticidad que preocupa y conmueve. Ante nuestros ojos vemos cómo la tozudez y la ceguera destruyen una vida útil; cómo los prejuicios
morales pueden marginar y hasta sepultar a un hombre lúcido y
batallador. Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini deviene en algo así
como una alerta, una vibrante manera de advertirnos, a través de la
ficción, cuán demoledora y torcida puede ser la realidad.
 
La puesta es de una limpieza aleccionadora. El director centra su
atención en el trabajo con los actores y prescinde de todo aquello que
pueda obstaculizar la comunicación. El piso alfombrado de aserrín
propone una imagen árida que alude a la actitud represiva y el violento
comportamiento de los contrincantes del cineasta. El ritmo es
trepidante en ocasiones, cadencioso en otras. La mesura, la contención,
la asepsia y el sentido de la exactitud, signan el montaje.
 
La escenografía hay que buscarla a ras de piso. El aforo en negro de la
sala le imprime un tono de dureza, un aire severo, luctuoso, al
montaje. Sobre la agreste alfombra de virutas de madera sobresalen
varias plataformas, un banco, un diván y algún que otro elemento. Esto
basta a Alaín Ortiz para, a través de las formas geométricas, la
textura y el color, transmitir la imagen de un mundo carcomido y
decadente. El vestuario es austero y simbólico. Pasolini viste colores
claros, el resto va de gris o de negro. La época, los conflictos, los
bandos o el hipócrita maniqueísmo de los representantes de un orden
amañado, son mostrados por Vladimir Cuenca, gracias a un diseño que
engarza a la perfección con la concepción global de la puesta en escena.
 
Las luces, de Manolo Garriga, ponen de relieve cada detalle, ambientan,
subrayan. Mientras que la banda sonora, conformada por el propio
Cedrán, con fragmentos de Mozart, Bach y Miles David, crea el clima
apropiado, sugiere, inquieta.
 
En el rubro de las actuaciones sobresale la depurada labor de Alexis
Díaz de Villegas. El intérprete consigue, a golpe de sinceridad y
contención, proyectar la imagen verídica y auténtica del tenaz
Pasolini. José Luis Hidalgo se desdobla con profesionalismo y limpieza
en varios personajes. Pancho García aporta la nota cómica, realiza
caracterizaciones, asume varios roles y termina por regalarnos un buen
ejemplo de dedicación y oficio. Fidel Betancourt tiene sus mejores
momentos en las escenas del cortejo; luego, cuando rompe con su amigo y protector, no alcanza a sostener el mismo nivel interpretativo. Caleb Casas, por su parte, logra acercarnos una creíble imagen del lumpen
juvenil involucrado en el asesinato.
 
Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini es, en buena medida, un drama de
la pasión; o sea, la historia del sufrimiento, muerte y resurrección de
un individuo. Pasolini fue un trasgresor, un hombre auténtico y sincero
que se enfrentó a las convenciones y las fuerzas más retrógradas de su
época. La suya es una batalla de todos los tiempos. La selección y el
montaje de esta pieza resulta no solo un hito en la trayectoria de
Argos Teatro, sino también un reto y un rasero envidiable para nuestra
escena. Si abundaran los espectáculos con este nivel de calidad, no hay
duda de que La Habana volvería a ser la importantísima plaza teatral de
otros tiempos.
 
C. de La Habana, Juventud Rebelde
Domingo, 2 de mayo del 2004.
 

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